
Ahora bien, la posibilidad de comprender la identidad como proyecto, presenta una exigencia rigurosa, la de trabajar con la noción de autonomía en el campo de las relaciones políticas. Es decir, reconocer el derecho que tiene un grupo social o una institución a dictar sus propias reglas dentro de un ámbito limitado de competencias, sin que ello implique la secesión del Estado. Así, en un Estado federal podrían reconocerse los siguientes niveles de autonomía: el municipio, el estado, la región y la federación nacional. En el caso del reconocimiento de las autonomías indígenas, se trata de partir de su unidad básica y fundamental, la comunidad, para dotarla de entidad jurídica.
No obstante, esta posibilidad, de acuerdo con Villoro, produce no pocas dificultades; en particular aquéllas que surgen de la aparente contradicción entre el concepto moderno de ciudadanía, que implica igualdad de derechos y obligaciones de los individuos frente al Estado, y el de autonomía, que parece introducir una diferenciación de la ciudadanía. Esto último significaría el doble riesgo de reinstalar desigualdades políticas y sociales premodernas ya superadas por las revoluciones burguesas y democráticas y de favorecer la disgregación del todo social. Sin embargo, Villoro aclara:
Mientras seamos nosotros quienes decidamos por ellos, seguirán siendo objeto de la historia que otros hacen. La verdadera liberación del indio es reconocerlo como sujeto, en cuyas manos está su propia suerte; sujeto capaz de juzgarnos a nosotros según sus propios valores, como nosotros los hemos siempre juzgado; sujeto capaz de ejercer su libertad sin restricciones, como nosotros exigimos ejercerla. Ser sujeto pleno es ser autónomo. El «problema» indígena sólo tiene una solución definitiva: el reconocimiento de la autonomía de los pueblos indios […] Los pueblos indígenas, en Indoamérica, plantean una doble exigencia: autonomía para decidir respecto de sus formas de vida y participación en la unidad del Estado […] El fin de las autonomías es garantizar el mantenimiento de la identidad y el desarrollo de los pueblos en el marco de un Estado plural […] Un Estado plural propiciaría una cultura de distintas raíces, nacida del encuentro y la diversidad. Los países latinoamericanos están en una situación privilegiada para lograr ese objetivo, pues nacieron del encuentro entre las culturas más diversas; en su propia historia pueden encontrar las fuentes de un proyecto nuevo de diálogo intercultural […] Ciudadanía y autonomía no son términos contradictorios.32
En cuanto al tema del Estado plural y el derecho a la autonomía de los pueblos indígenas en América Latina, el filósofo, en otra de sus obras clásicas,33 explica lúcidamente su concepción crítica del Estado plural y la inaplazable necesidad de alcanzar la autonomía de los pueblos indígenas latinoamericanos. Dicha tarea, la llevará a cabo bajo el principio crítico, riguroso y utópico de reemplazar las ideas fundamentales y envejecidas del pensamiento moderno, cuya lenta crisis de descomposición durante el siglo XX se hizo evidente, por una nueva perspectiva de nuestras circunstancias actuales. En palabras del maestro: «En lugar de ver al mundo como una palestra de lucha entre Estados, verlo como una unidad de pueblos, de regiones, de etnias. En vez de subordinar la multiplicidad de culturas a una sola manifestación de la razón, comprender la razón como resultado de una pluralidad inagotable de culturas».34
Con información de scielo
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