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Kawasaki Venezuela 2022 cultura latinoamericana

31 de agosto de 2021
kmv kawasaki

Lo real es nada más que un bosque de signos y la mente, en nuestro interior, la caja de
herramientas que empleamos para continuar con el trabajo de interpretación. Por eso lo
más real o profundo está en la ficción, pues ésta consiste en la invención imaginativa, es
la creación, los nombres, el sentido de las cosas, el motor de la interpretación.
Necesitamos fingir, inventar, representar, de lo contrario no podríamos controlar la
realidad ni interpretar nuestra cultura, ni mucho menos entender o intentar entender
ciertos hechos y comportamientos. Por ejemplo, tratar de interpretar lo que sucede en
Venezuela con lo que algunos han denominado fenómeno mediático, vale decir, lo que
acontece en el campo de la política con Hugo Chávez Frías puede asumir diferentes
lecturas. Hecho heroico que encanta a unos y que desencanta y aterra a otros. Figura de
héroe, en una época en que los historiadores se oponen a la presencia de los mismos.

Deseos de una unificación Bolivariana en tiempos de individualismo. Quizá la «lógica»
o «razón» no nos permita interpretar lo que pasa. Entonces apelemos al triángulo
ficción, realidad y cultura. Donde todo intento de interpretación no se agota «pues es
infinito», y sobre todo donde no se subestima cualquiera interpretación que se presente,
venga de donde viniere, y por más ingenua que nos parezca ¿Acaso no fue ingenuo
mirar caer la manzana? Mire usted el resultado de tal ingenuidad.

«Nadie conoce el enorme poder de la ingenuidad. Por eso, ella está casi prohibida en las
universidades. Las preguntas inocentes producen desorden, caos, y los profesores están
ahí, al fin, para disciplinar el pensamiento, de la misma manera que los sacerdotes el
alma, y las policías las calles» (Fernando Mires, 1996).
Ni Orden, ni Relato único ¡Plural!

Según Brunner (1992), quizá estemos condenados a hablar nada más que
fragmentariamente de la cultura de nuestro tiempo. A la manera de un collage no
acabado, en fabricación, donde cada parte, pieza o retazo remite a los otros: «la
interpretación de un signo nos conduce a la interpretación de otros signos». ¿Cómo
ordenar en un relato único esta danza de signos, para tratar de darle un orden lógico y
secuencial a cualquier relato que intente explicar la cultura latinoamericana? Nuestra
cultura «que desde ya necesitamos reconocer en plural o híbrida», como señala García
Canclini, no es productiva de un orden, por más que lo deseemos y cualquiera que él
sea, capaz de sistematizarse en un relato que exprese un orden «ni de nación, ni de clase,
ni religioso, ni estatal, ni de carisma, ni tradicional ni de ningún otro tipo», sino que
refleja en su organización los procesos contradictorios y heterogéneos de conformación
de una Modernidad tardía. Cuyo proyecto, si bien fue una ruptura (en el sentido de
Schumpeter) con el sistema anterior, no implicaba borrar el pasado de la sociedad en la
que ocurrió, ni eliminar la totalidad de los sistemas simbólicos, cognitivos y
comunicativos previamente existentes, ni descubrir particularidades culturales y
políticas, ni limitar las influencias procedentes de otras sociedades.

El provecho mantenía la heterogeneidad pero la convirtió en híbrida: los hechos y
elementos que la conformaban, en cada ámbito societal, se interpenetraban (e
interpenetran). Así las formas de organización del trabajo eran y son híbridas, aún en el
marco de su racionalización instrumental; lo son igualmente las manifestaciones
culturales en lo que se ha dado en llamar alta cultura y en la cultura popular. Las
estructuras concretas de las instituciones son híbridas, al igual que los procesos de
individualización. De otras sociedades nos vienen elementos que se mezclan con los de
la nuestra en todos sus ámbitos (Heinz Sonntag,1998, p. 148).

Cualquier pretensión de sistematizar prematuramente la reflexión acerca de nuestra
cultura, desemboca en la banalidad seudometódica, o peor aún, en una radical
incomprensión. De la cultura latinoamericana no podemos hablar por el momento
sistemáticamente. Incluso los mejores análisis contemporáneos de ella escapan a
cualquier formalización tradicional. Nos encontramos ahora frente a una situación
donde las múltiples racionalidades sociales ya no pueden unificarse bajo un solo discurso, sea el del progreso, el del comunismo o el de la religión. Donde las
«racionalidades» empiezan a «materializarse» en instituciones diversas que necesitan
interactuar entre sí, como el Estado y el mercado, la religión y las ciencias, la naturaleza
y la industria, lo público y lo privado, etc. Si hoy día se habla tanto de diferenciación, de
especialización y de sistemas es porque, socialmente, las racionalidades se han
desagregado y empiezan a incorporarse a mecanismos productivos y reproductivos que

funcionan de acuerdo con sus propias «lógicas», con actores e intereses específicos.
Incluso las metáforas de la sociedad cambian.

La sociedad pierde su «estática», sus
estructuras se volatilizan y pasa a ser entendida por sus «dinámicas», como procesos y
productos, posiciones cambiantes, juegos de lenguaje, o como sistemas de
comunicación (Martín-Barbero concibe la cultura como un proceso dinámico). Desde
este punto de vista, la llamada Posmodernidad no es otra cosa que la conciencia perpleja
de una Modernidad que maduró en esas racionalidades desagregadas, disímiles y en
continua pugna entre sí, tratando, todas ellas, de interpretarse y traducirse sin alcanzar
jamás un lenguaje común (Brunner, 1992, p.10).

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