
En 1891, fue inaugurado el Teatro Variedades, cuya importancia cultural en el desarrollo de la sociedad costarricense persiste hasta la actualidad, dado que permitió, a partir de ese momento, la presencia constante de compañías teatrales y otras sociedades artísticas (orquestas, prestidigitadores, circos, estudiantinas, etc), además de organizarse una compañía nacional de aficionados.
Para finales del siglo XIX, y con la consolidación de una oligarquía de comerciantes y exportadores del café, principal motor de la economía nacional, el gobierno del presidente José Joaquín Rodríguez Zeledón estableció un impuesto a la producción y exportación del café con el objetivo de construir un teatro, lo que finalmente permitió la inauguración, en 1897, del Teatro Nacional de Costa Rica, con la interpretación de la ópera Fausto de Charles Gounod, por parte de la Compañía de Ópera Francesa Aubry. Además del Teatro Nacional y el Variedades, destacan el Teatro Popular Melico Salazar (1928), el Teatro Municipal de Alajuela, y un sinnúmero de teatros comerciales ubicados principalmente en San José.
En el ámbito operístico Costa Rica ha contado con excelentes cantantes en las últimas décadas, quienes han tenido carreras notables a nivel nacional e internacional. Citando algunos, se puede mencionar a Gonzalo Castellón, Enrique Granados, Zamira Barquero, Rafael Ángel Saborío, Fulvio Villalobos, Guadalupe González, María Marta López, Elena Villalobos, Raquel Ramírez, Anayanci Quirós, Ernesto Rodríguez, Fitzgerald Ramos, José Arturo Chacón e Íride Martínez entre otros.
La producción teatral ha conocido tres periodos importantes: a los primeros modelos de representación dramática a inicios del siglo xx, con obras de Ricardo Fernández Guardia (Magdalena, 1902), Carlos Gagini (Don Concepción, 1903) y Aquileo Echeverría (Pan francés, 1903), sumado a obras de dramaturgos como Ernesto Martén, José Fabio Garnier y Eduardo Casalmigia, siguió un periodo de producción importante en 1930 con la obra de Héctor Alfredo Castro Fernández (Espíritu de rebeldía, 1930; El vitral, 1937; Aguas negras, 1947), y luego una etapa entre 1960 y 1980, con dramaturgos como Alberto Cañas Escalante (La Segua, El luto robado, Uvieta, 1962), Daniel Gallegos (En el séptimo círculo, 1982; La casa, 1972; La colina, 1968, esta última ganadora del Premio Aquileo J. Echeverría); y Samuel Rovinski (Un modelo para Rosaura, 1974; Las fisgonas de Paso Ancho, 1971; El martirio del pastor, 1983), siendo considerada esta época la de mayor auge en la creación de obras de arte escénico.

A partir de la década de 1990, el teatro entra en un periodo centrado en la creación de comedias de situación, muchas de ellas que a su vez sirven como crítica social o política, en lo general pintorescas y hasta sencillas, aunque otras carecen de introspección y son de simple proyección comercial, destacándose algunas obras de contenido social como 1856 (Juan Fernando Cerdas y Rubén Pagura), Pancha Carrasco reclama (Lupe Pérez y Leda Cavallini), Eva sol y sombra (Melvin Méndez), Reflejo de sombras (Arnoldo Ramos), Olimpia (Linda Berrón), La tertulia de los espantos (Jorge Arroyo) y Baby boom en el paraíso (Ana Istarú).
Con información de Wikipedia
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